Entrar al Moulin Rouge es entrar en un lugar que parece haber decidido que el tiempo no tiene demasiada importancia. El rojo, las luces, las plumas, los brillos y ese aire de Belle Époque construyen, desde el primer momento , una atmósfera en la que uno sabe que no está entrando simplemente a ver un espectáculo. 

El folleto lujoso que tengo entre las manos lo confirma: el lugar abrió sus puertas el 6 de octubre de 1889, bajo la dirección de Charles Zidler y Joseph Oller, con la pretensión de convertirse en “el palacio de la danza y de la mujer”. Desde entonces pasaron artistas como Edith Piaf, Jean Gabin, Frank Sinatra, Liza Minnelli, Josephine Baker, Ella Fitzgerald y Toulouse-Lautrec,  quien convirtió sus afiches en parte de la memoria visual del cabaret. 

Pero cuando uno se sienta allí, frente al escenario, toda esa historia deja de ser un dato y adquiere otra dimensión: un espectáculo consigue sobrevivir a más de un siglo sin convertirse en una pieza de museo. Vida y noche pura de París.  Cuando las luces de la sala se apagan y comienza la función, el Moulin Rouge despliega su verdadero argumento. Son 60 artistas llegados de distintas partes del mundo, plumas, strass, lentejuelas, grandes escenografías y una sucesión de cuadros que mezclan música, danza, humor, acrobacia y fantasía. El célebre “French can can”  aparece como el momento sublime,  pero no como una postal congelada del París antiguo: el espectáculo también recorre otros mundos, desde piratas y aventuras hasta el universo del circo y distintos homenajes a las mujeres de París. 

Hay algo casi hipnótico en la precisión de ese ejército de bailarinas y bailarines, en la manera en que los cuerpos, el vestuario, la música y las luces parecen formar una sola máquina escénica. Y mientras uno mira, entiende por qué aquel lugar sigue recibiendo miles de espectadores cada año: el Moulin Rouge no vende solamente un show; vende la posibilidad de sentirse, durante unas horas, dentro de su propia leyenda.

Pero hay algo que me quedó dando vueltas cuando salí. El Moulin Rouge es extraordinario. Tiene la historia, el escenario, la tradición y una identidad que ningún otro lugar puede reproducir. Sin embargo, mientras veía aquella maquinaria de plumas, luces, baile y acrobacia, no pude dejar de pensar en Argentina. Porque si hay algo que tenemos de sobra es talento para el espectáculo. Y ahí aparece inevitablemente el nombre de Flavio Mendoza: salvando las enormes diferencias de tradición, presupuesto y contexto, no sentí que el público argentino tuviera que mirar a París con complejo de inferioridad. El Moulin Rouge tiene 137 años de historia; nuestros grandes productores y artistas tienen otra historia, pero pueden poner sobre un escenario una combinación de danza, acrobacia, música, vestuario y fantasía capaz de provocar el mismo asombro. Quizás esa sea una de las mejores cosas que me llevé de aquella noche en París: el Moulin Rouge me confirmó que el espectáculo puede convertirse en arte, historia y cultura. Pero también me recordó que ese talento no es patrimonio exclusivo de París.