Hay pocas artistas capaces de llenar un museo aunque buena parte del público no pueda nombrar un solo cuadro suyo. Frida Kahlo es una de ellas.

Su rostro aparece en remeras, zapatillas, tazas, agendas, tatuajes, muñecas, fundas para celulares y campañas publicitarias. Las flores en el cabello, las cejas unidas y sus vestidos se convirtieron en una marca reconocible en cualquier rincón del planeta. Frida trascendió el mundo del arte para convertirse en un fenómeno cultural.

Pero esa popularidad plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto queda de la pintora detrás del personaje?

La próxima exposición "Viva Frida", que abrirá sus puertas en septiembre en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires -MALBA- (Av. Figueroa Alcorta 3415) llega en un momento ideal para hacerse esa pregunta. Más que una exhibición de pinturas, reunirá objetos personales, fotografías, documentos, vestidos y piezas provenientes de la Casa Azul de Coyoacán, la casa donde Frida vivió y creó buena parte de su obra. La propuesta invita a acercarse a la mujer antes que al mito.

Sin embargo, la verdadera sorpresa es que Buenos Aires ya convive con Frida desde hace años.

Muchos visitantes del MALBA pasan de largo sin advertir que allí se conservan dos obras originales de la artista mexicana: Autorretrato con chango y loro (1942) y Diego y yo (1949), este último considerado uno de los cuadros más conmovedores de su producción y adquirido por el coleccionista y mecenas de arte, Eduardo Costantini , tras romper, en 2021, el récord histórico para una obra de arte latinoamericano en una subasta.

Son apenas dos pinturas, pero bastan para entender por qué Frida sigue siendo una de las voces más personales del siglo XX. En ellas aparecen el cuerpo, el dolor, la identidad, el amor obsesivo por Diego Rivera y una forma de convertir la experiencia íntima en un lenguaje universal.

La llegada de "Viva Frida" coincide, además, con un debate que atraviesa los grandes museos del mundo. La reciente exposición "Frida: The Making of an Icon", inaugurada en la Tate Modern de Londres, se propuso analizar precisamente cómo una artista terminó convertida en un fenómeno global. Pero hubo una paradoja que llamó la atención de la crítica. El diario El País, de España señaló que el recorrido concluye, inevitablemente, en una tienda repleta de camisetas, bolsos, tazas, velas aromáticas y toda clase de productos con el rostro de Kahlo. "No se puede entender más que como una provocación", escribió el periódico, porque una muestra que cuestiona la mercantilización de Frida termina desembocando en el mismo merchandising que intenta poner en discusión. 

La contradicción no es menor. Frida fue comunista, profundamente crítica del capitalismo y construyó una obra atravesada por el dolor físico, la identidad mexicana y el compromiso político. Sin embargo, décadas después de su muerte, su imagen se transformó en una de las marcas más rentables de la cultura contemporánea. Hoy conviven dos Fridas: la artista que pintó poco más de 150 obras en toda su vida y el ícono pop reproducido hasta el infinito.

Quizás por eso la exposición del MALBA tenga un valor especial. No porque vaya a sumar otro capítulo a la "fridamanía", sino porque ofrece la posibilidad de hacer el camino inverso: dejar por un rato las tazas, las remeras y las selfies para volver a mirar a la pintora.

Porque detrás de uno de los rostros más famosos del siglo XX todavía sigue esperando la verdadera Frida. La que nunca quiso ser una marca, sino una artista capaz de convertir su propia vida en una obra inolvidable.