Hay platos que alimentan. Y hay otros que, además, atesoran relatos.
Los sorrentinos pertenecen a esa segunda categoría. Son un clásico de la mesa argentina, aparecen en las cartas de restaurantes de todo el país y forman parte del ritual de los almuerzos dominicales. Sin embargo, pocos saben que esta pasta no nació en Italia, sino en Mar del Plata. Y menos aún conocen que su origen inspiró una de las ficciones nacionales más originales de los últimos años.
Ese es el punto de partida de Los sorrentinos, de la escritora Virginia Higa: una obra delicada, entretenida y profundamente humana que demuestra cómo detrás de una receta se esconden la memoria, la familia y la identidad.
Aunque su nombre remite inmediatamente a la ciudad italiana de Sorrento, los sorrentinos son, en realidad, una creación ciento por ciento rioplatense.
La versión más difundida ubica su nacimiento en la Trattoria Napolitana Véspoli, en Mar del Plata. Allí, la familia Véspoli habría diseñado una pasta diferente de los ravioles tradicionales: más grande, redonda y con un relleno abundante de jamón cocido y mozzarella, pensado para conquistar incluso a quienes no eran fanáticos de las pastas.
Con el tiempo, aquella preparación comenzó a ganar popularidad hasta convertirse en uno de los emblemas más representativos de la cocina ítalo-argentina. Paradójicamente, en Italia los sorrentinos prácticamente no existen; son uno de esos casos donde la cocina de los inmigrantes terminó fundando una tradición completamente nueva.
Virginia Higa tomó este hito gastronómico y encontró en él mucho más que una curiosidad culinaria.
En su libro, la autora toma como inspiración a la familia Vespolini para construir una trama donde la comida es el hilo conductor de algo más profundo: los vínculos, las pequeñas rivalidades, los recuerdos, las pérdidas y las anécdotas que se transmiten de generación en generación alrededor de una mesa.
La intención de la obra no es reconstruir exactamente los hechos históricos. La escritora utiliza la leyenda local como un trampolín para crear una ficción donde los personajes adquieren vida propia y la cocina se transforma en un espacio de encuentros, silencios y afectos. El resultado es un relato íntimo, cargada de humor y nostalgia, donde el verdadero foco no es un plato de pasta, sino el clan familiar.
Uno de los ejes del libro es mostrar que las recetas también forman parte del patrimonio cultural.
Cada hogar guarda una preparación especial, una forma particular de amasar, sazonar una salsa o diseñar un relleno. Esas costumbres viajan con las migraciones, sobreviven a los cambios de época y terminan convirtiéndose en pequeñas cápsulas del tiempo.
Los sorrentinos representan justamente eso: una herencia nacida del encuentro entre dos culturas, donde la cocina dejó de ser una simple reproducción de los hábitos europeos para transformarse en una identidad propia.
Lo que hace Virginia Higa es tomar esa base real y transformarla en literatura. El texto no pretende funcionar como un documento histórico, sino como una ficción inspirada en hechos y personajes que ya forman parte del imaginario popular. Quizás por eso resulta tan cercana: porque es fácil identificarse con las familias que conservan secretos, herencias culinarias y relatos repetidos una y otra vez hasta transformarse en mitos compartidos.
En tiempos donde abundan los relatos de ritmo frenético, Los sorrentinos propone una pausa.
Es una invitación a detenerse para escuchar un relato familiar, recordar a los abuelos inmigrantes, reflexionar sobre cómo la cocina construye comunidad y descubrir que detrás de un menú cotidiano puede esconderse una parte de la historia argentina. Después de leerla, es muy probable que el próximo plato de sorrentinos ya no sea solo almuerzo. Será, también, una gran historia.