En un mundo saturado de estímulos, donde cada producto compite por milisegundos de atención, el color dejó de ser un detalle estético para convertirse en una herramienta estratégica. Un relevamiento de WGSN —una de las consultoras más influyentes en tendencias globales— lo confirma con un dato que cuesta procesar: el 98 % de los consumidores asegura que sus decisiones de compra están influenciadas por el color.
La cifra no sorprende tanto como incomoda. Porque si el color define lo que elegimos, entonces elegir no siempre es tan libre como creemos.
WGSN fue fundada en Londres a fines de los noventa y se especializa en anticipar comportamientos de consumo cruzando datos, cultura y diseño. Sus informes orientan no solo a la industria de la moda, sino también a marcas de tecnología, retail y lifestyle que necesitan adelantarse a lo que vendrá. En ese universo, el color ocupa un lugar central: es el primer impacto, la primera emoción, el primer filtro.
La explicación es tan simple como poderosa. El cerebro procesa el color antes que la forma y mucho antes que el contenido. Es un atajo emocional, casi un reflejo. El rojo activa urgencia y deseo; el azul transmite confianza; el verde se asocia a lo natural, lo saludable, lo sustentable. Nada de esto es casual.
Pero el color no solo emociona. También habla del momento. Según las lecturas de WGSN, las paletas cambian al ritmo del clima social: después de la pandemia, ganaron terreno los tonos suaves y reconfortantes; en períodos de incertidumbre económica, aparecen colores más vibrantes o aspiracionales, casi como una vía de escape visual. Y en plena expansión de la agenda ambiental, el verde se consolidó como código universal de "conciencia", aunque no siempre lo que comunica coincida con lo que hay detrás.
Ahí es donde el tema se vuelve más incómodo. Si el color puede instalar una idea de sustentabilidad, ¿cuánto hay de compromiso genuino y cuánto de construcción estética? El llamado greenwashing encuentra en el color uno de sus aliados más eficaces: basta una paleta adecuada para sugerir valores que las prácticas no siempre respaldan.
En el terreno del consumo, donde la competencia es feroz y la atención escasa, el color funciona como una ventaja silenciosa. Define identidades de marca, ordena góndolas físicas y digitales, guía decisiones casi sin que el consumidor lo registre. No se trata solo de gustar: se trata de activar algo.
El dato de WGSN, entonces, no es solo una curiosidad estadística. Es una señal de época. En un mercado donde las emociones se diseñan y las percepciones se construyen, el color dejó de ser una elección estética para convertirse en una forma de influencia.
Y quizás la pregunta ya no sea qué color elegimos, sino cuánto de esa elección ya estaba hecha antes de que llegáramos.