Se estrenó “ Dear Killer Nannies: Criado por Sicarios”, que es mucho más que la serie del hijo de Pablo Escobar Gaviria, el mayor narco de Colombia, líder durante años del Cartel de Medellín.
La cinematografía, y luego las series, mostraron durante años, el universo narco como espectáculo. Series como Narcos convirtieron la historia de Pablo Escobar en una narrativa atrapante: violencia, poder, dinero y una estética que, incluso cuando mostraba el horror, no lograba despegarse del magnetismo.
Pero esta vez, algo cambia.
La nueva serie centrada en la historia de Sebastián Marroquín propone un giro incómodo: dejar de mirar al personaje para observar las consecuencias. Ya no importa cómo se construyó el imperio, sino qué pasó con quienes quedaron adentro de él.
Y ahí aparece la verdadera tensión.
Porque la serie no muestra una vida de carencias, sino todo lo contrario: privilegios extremos, lujos desmedidos, una infancia rodeada de excesos. Pero, al mismo tiempo, construye una sensación constante de encierro. De amenaza. De fragilidad.
Tener todo, pero no tener nada.
La contradicción atraviesa cada escena: un padre presente y, a la vez, responsable de una violencia imposible de dimensionar; una familia unida, pero sostenida sobre un equilibrio precario; una vida aparentemente perfecta que, en realidad, nunca fue una opción. El relato, entonces, deja de ser sobre el narco y se vuelve sobre la herencia. Un niño con miedo, testigo de atrocidades, que convivió con asesinos brutales que actuaban como sus niñeras (nannies); un joven que creció de golpe cuando muere su padre y debe salvar su vida. A diferencia de las ficciones tradicionales, acá no hay épica ni construcción mítica. Hay otra cosa: incomodidad. La necesidad de revisar una historia que durante años fue consumida casi como entretenimiento. Y en ese cambio de perspectiva aparece una pregunta que incomoda más de lo que entretiene: ¿qué hacemos con las historias que heredamos sin elegirlas?
En el caso de Sebastián Marroquín, la respuesta no fue continuar el legado, sino enfrentarlo. Desarmarlo. Intentar, al menos, correrse de él. Resignificarse.
Pero la serie deja claro algo más: hay herencias que no se terminan nunca. Y tal vez ahí esté su mayor acierto. No en contar una historia que ya conocemos, sino en mostrar lo que esa historia dejó atrás.