Hay algo íntimo —y muy genuino— en “BOY”, el unipersonal de Boy Olmi. No interpela desde el impacto, sino desde una honestidad poco habitual. 

Olmi no construye un personaje en el sentido tradicional. Se para en escena, con muy pocos recursos, a compartir una búsqueda personal: quién es cuando se corre del rol, del oficio, de lo que se espera de él. Y en ese recorrido, lo que podría quedarse en lo individual encuentra rápidamente un eco más amplio, más cercano. 

La obra, que tuvo su camino en Buenos Aires y ahora llega por primera vez a Madrid, se mueve en un territorio híbrido. No responde a una forma clásica, pero tampoco lo necesita: combina relato, reflexión y momentos de conexión directa con el público (que en momentos participa activamente), y resulta ser una propuesta que se siente viva. 

La puesta es mínima, casi despojada. Todo pasa por la palabra, las luces, por los silencios, por esos momentos en los que no hay respuestas cerradas. Y ahí es donde la obra encuentra su tono más interesante.

El humor aparece, sutil, como un equilibrio necesario. No rompe el clima, sino que lo acompaña. Y la interacción con el público suma cercanía sin volverse recurso fácil: refuerza la idea de que lo que somos también se construye en relación con otros.

Hay instantes muy logrados, donde “BOY” consigue algo valioso: que el espectador deje de mirar desde afuera y se sienta, de algún modo, parte de lo que está pasando.

Por momentos, esa misma libertad hace que el recorrido sea más abierto, menos estructurado. Pero lejos de jugar en contra, termina siendo coherente con la propuesta: no busca cerrar, sino seguir preguntando, armando el rompecabezas que termina siento vida misma del protagonista.

Que la obra llegue a Madrid amplifica esa experiencia. Porque lo que nace desde un lugar muy personal logra trascenderlo, apoyándose en temas universales: la identidad, el paso del tiempo, la necesidad de entenderse, la relación con los vínculos más cercanos. 

“BOY” no necesita grandes artificios.  Funciona desde la cercanía, la escucha, y una sensibilidad que se agradece. Y en ese gesto —simple pero poco frecuente— encuentra su mayor valor.