A poco más de una hora de la Ciudad de Buenos Aires, en el corazón verde de Exaltación de la Cruz, la estancia La Mimosa propone una experiencia que parece suspendida en el tiempo. Lejos del ruido urbano y de la hiperconectividad, este rincón rural invita a redescubrir el placer de lo simple: buena comida, aire puro y una calma que no se negocia.
La llegada ya marca el ritmo. Un camino de tierra bordeado de árboles anticipa lo que vendrá: una jornada sin apuros. La casona principal, de estilo tradicional, recibe con ese encanto criollo que mezcla historia y hospitalidad. No hay artificios ni pretensiones, solo un parque arbolado, muchas plantas, un patio con aljibe y algunos bancos.
El clásico día de campo arranca con una recepción que combina sabores bien argentinos - empanadas y vino - y buena música para bailar canciones tradicionales de rasgo gauchezco. Luego, paseos por el parque, la posibilidad de montar caballo o pasear en carruajes o visitar la granja con variados animales. Ya entrado el mediodía, el plato fuerte: carne asada a la leña, de buena calidad y mejor sabor. Bebidas libres y ensaladas bien surtidas. La atención impecable, delicada, precisa, con amena simpatía.
Pero La Mimosa no es solo gastronomía. Hay espacio para el show y algunas propuestas suman demostraciones rurales o actividades tradicionales que recuperan costumbres del campo argentino. El público es variado: parejas que escapan de la rutina, grupos de amigos y también familias que festejan y encuentran en este lugar una alternativa ideal para pasar un día distinto. Ideal para que los más chicos se conecten con la naturaleza y las raíces del país.
En tiempos donde todo parece inmediato, La Mimosa apuesta a ayudar a bajar un cambio. Y en ese gesto, casi revolucionario, encuentra su mayor atractivo.
La jornada termina con mate cocido y pastelitos de membrillos, típica merienda campestre.
Un lugar para volver.