Hay novelas que buscan contar una historia. Y otras —como Vera, una historia de amor— parecen más interesadas en explicar una idea. En este caso, el amor en tiempos de incertidumbre.

El problema es que, en ese intento, Juan del Val construye un relato que por momentos se siente más pensado que vivido.

La novela, ganadora del Premio Planeta, pone en escena una relación atravesada por tensiones contemporáneas: la necesidad de libertad, el desgaste afectivo, la incomodidad con los modelos tradicionales. Todo eso está. Y está bien observado. Pero no siempre está bien narrado.

Porque lo que podría ser una exploración profunda de los vínculos termina cayendo, a ratos, en una especie de catálogo de conflictos reconocibles. Las discusiones, las dudas, los silencios: todo parece encajar demasiado bien en la idea que la novela quiere transmitir.

Vera, como personaje, carga con ese problema. Más que una figura compleja, aparece muchas veces como un símbolo: la mujer contemporánea en crisis con el amor. Y eso le resta espesor emocional.

El estilo de Del Val —ágil, directo, muy legible— funciona como arma de doble filo. Por un lado, hace que la novela fluya y se lea casi de un tirón. Por otro, deja la sensación de estar ante un texto demasiado cómodo, que evita riesgos formales y se apoya más en la identificación inmediata que en la profundidad.

Y sin embargo, hay algo que sostiene todo.

Porque Vera, una historia de amor incomoda. No por lo que cuenta, sino por lo que refleja. Hay escenas, diálogos y climas que resultan incómodamente familiares. Y ahí, en ese espejo medio cruel, la novela encuentra su mayor acierto.

No es una gran historia de amor.
Pero quizás ese sea, justamente, el punto.