Hay vestidos que abrigan, otros que favorecen y algunos que directamente hacen que todo el mundo hable de ellos. En la moda, la frontera entre una prenda y una obra de arte puede ser bastante más delgada de lo que parece.

La pregunta vuelve a aparecer cada vez que alguien decide llevar una idea antes que un vestido.

El último ejemplo llegó desde Vietnam. En la final de Miss Mundo 2026, la argentina Alina Akselrad apareció con una creación de Aurelio Martínez que tenía un protagonista indiscutible: Lionel Messi. La parte superior remitía a una dama de época, con celeste, blanco y detalles dorados. Pero al desplegarse la enorme falda aparecían distintas imágenes del futbolista: Messi niño, Messi con la Selección, Messi en Barcelona y, por supuesto, Messi levantando la Copa del Mundo.

Akselrad terminó entre las 20 mejores del certamen y el vestido consiguió algo que no siempre acompaña a una candidata: convertirse en noticia.

No era solamente un vestido. Era una historia argentina contada con tela.

La moda también puede llamar la atención quitando cosas.

En abril, Chanel presentó en Biarritz su colección Cruise 2027, bajo la dirección creativa de Matthieu Blazy. Entre las propuestas apareció un calzado que obligaba a preguntarse si realmente podía llamarse zapato: una estructura que cubre el talón, unas tiras y un taco, pero sin suela. La planta del pie y los dedos quedan directamente expuestos.

Parecía una extravagancia de pasarela hasta que Margaret Qualley decidió llevarlo a una alfombra roja en Londres, durante el estreno de The Dog Stars, en agosto.

El modelo todavía no se vende como un zapato convencional. Su función, por ahora, parece ser otra: provocar conversación. Y vaya si lo consiguió.

Pero si hay una prenda que consiguió borrar definitivamente la frontera entre moda, arte y espectáculo es el famoso vestido de carne de Lady Gaga.

En los MTV Video Music Awards de 2010, la cantante apareció cubierta de carne vacuna: vestido, zapatos, cartera y sombrero incluidos. El responsable fue Franc Fernandez, un diseñador nacido en Mendoza y criado en Los Ángeles.

La historia tiene un detalle particularmente argentino. Fernandez había recibido originalmente el pedido de hacer una cartera. Cuando buscó con qué carne trabajar, su carnicero le recomendó el matambre, conocido en Estados Unidos como flank steak. El vestido se construyó sobre un corset y la carne fue cosida a mano. El trabajo llevó unos dos días.

La imagen dio la vuelta al mundo, pero tampoco había nacido de la nada. Fernandez conocía la obra de la artista canadiense Jana Sterbak, que en 1987 había realizado Vanitas: Flesh Dress for an Albino Anorectic, también con carne vacuna.

Una obra de arte terminó inspirando uno de los vestidos más famosos de la cultura pop.

Mucho antes de que Instagram existiera, la moda ya sabía cómo fabricar una imagen viral.

John Galliano convirtió los diarios en material de alta moda durante su etapa en Dior. En una de sus colecciones llegó a imprimir el ficticio Christian Dior Daily sobre chiffon, cuero y otras superficies. Los titulares y las páginas de diario pasaron así de las manos del lector al cuerpo de las modelos.

La idea volvió a aparecer una y otra vez en la cultura popular, hasta llegar incluso a Sex and the City.

Es curioso: el diario se lee, se descarta y desaparece. Galliano consiguió convertirlo en algo que la gente quería volver a mirar.

En 2001, Björk llevó la idea todavía más lejos.

Para los Oscar apareció con el famoso vestido diseñado por Marjan Pejoski: un cisne de cuello largo parecía envolver su cuerpo y apoyaba la cabeza sobre su pecho.

Como si eso no alcanzara, la cantante simuló poner un huevo en plena alfombra roja.

El vestido fue objeto de burlas, imitaciones y discusiones, pero terminó convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de la historia de los Oscar. El propio Pejoski celebró después que la prenda hubiera generado semejante reacción.

Y quizá ahí esté una de las claves.

Una prenda puede ser técnicamente perfecta y desaparecer de la memoria. Otra puede ser absurda, incómoda o directamente imposible de usar y quedar para siempre.

En realidad, esta mezcla entre arte y vestimenta no es nueva.

En 1937, Elsa Schiaparelli trabajó junto a Salvador Dalí en el famoso Lobster Dress: un vestido blanco de organza con una enorme langosta roja estampada en la falda. Lo llevó Wallis Simpson, la mujer por la que Eduardo VIII había renunciado al trono británico.

La leyenda cuenta que Dalí quería agregarle mayonesa real a la langosta. Schiaparelli se negó.

Quizás no haya una mejor manera de resumir la relación entre moda y arte.

Una prenda deja de ser solamente ropa cuando ya no alcanza con preguntarse “¿me la pondría?” y aparece otra pregunta mucho más interesante:

“¿Qué quiso decir con esto?”

Puede ser Messi sobre una falda, un zapato sin suela, un vestido de matambre, un cisne o una langosta.

Cuando una prenda consigue contar una historia, provocar una reacción y, sobre todo, permanecer en la memoria mucho después de que terminó la pasarela o la alfombra roja, probablemente ya cruzó la frontera.

Y ahí empieza el arte.