La noche que nació Cayetana Fitz-James Stuart, el 28 de marzo de 1926 en el Palacio de Liria, Marañón, Ortega y Gasset y Pérez de Ayala cenaban en algún salón de esa misma casa. Mejor augurio, imposible. La que sería la XVIII Duquesa de Alba llegaba al mundo rodeada de inteligencia, arte y conversación y así, más o menos, lo transitaría durante casi noventa años.
El libro Cayetana. The Duchess of Alba: Art, Aristocracy, and the Soul of Spain, editado por Assouline y escrito por Cristina Carrillo de Albornoz, se presentó en el Palacio de Las Dueñas de Sevilla en el marco de una exposición del centenario con casi 200 piezas: vestidos de alta costura, correspondencia personal, obras de arte, fotografías inéditas. La familia tardó dos años en reunir el material. El resultado no es una hagiografía: es un retrato.
La Cayetana mediática —la del tercer matrimonio a los 85 con un funcionario 25 años menor— tapó durante décadas a la otra: la que custodió una de las colecciones de arte privadas más importantes de Europa.
Eso es exactamente lo que el libro intenta corregir. Porque Cayetana fue, ante todo, víctima de su propia leyenda. La aristócrata con más de 50 títulos nobiliarios —récord reconocido por el Libro Guinness—, musa y mecenas, organizadora de un desfile de Dior en Liria con Sophia Loren y Audrey Hepburn de invitadas, amiga cercana de Jackie Kennedy, Maria Callas y Rudolf Nureyev, quedó reducida en el imaginario popular a su excentricidad tardía. El libro le devuelve la escala completa.
El prólogo lo firma su hija Eugenia Martínez de Irujo. Los textos interiores, sus hijos Carlos —el actual Duque de Alba— y Jacobo Siruela. Hay algo que ningún biógrafo externo puede dar y que este volumen tiene: la memoria afectiva de quienes la conocieron sin protocolo.
Lo que hace a Cayetana un personaje genuinamente fascinante no es la acumulación de títulos sino la tensión entre mundos que encarnó sin esfuerzo aparente. Su primer amor fue un torero —Pepe Luis Vázquez— del que su padre la separó a los diecisiete años con mano de hierro. Su luna de miel fue en Hollywood, donde Gary Cooper, Cary Grant y Marlene Dietrich los recibieron en una fiesta organizada por Douglas Fairbanks Jr. Bailó flamenco descalza en público. No tuvo que elegir entre la estirpe y la calle porque nunca entendió que fueran mundos distintos.
España ha necesitado, de tanto en tanto, un personaje que condense sus contradicciones. Cayetana fue ese personaje durante nueve décadas, y lo fue sin esfuerzo aparente, que es lo más difícil.
Murió el 20 de noviembre de 2014 en el mismo palacio de Las Dueñas donde había bailado. El Ayuntamiento de Sevilla bajó las banderas. El libro de Assouline llega cien años después de su nacimiento y propone, con buen criterio, no explicarla del todo. Solo mostrarla.